Por: MCC FUSADER GIDROT

May/26
Publicaciones

Revista ENCUENTROS número 23

CIUDAD, MEDIO AMBIENTE Y TERRITORIO

Mientras la verdad camina, la guerra, funcional o no, sigue operando en el diálogo, la agenda y el conflicto político y gubernamental. Pero sin paz no habrá verdad, ni reconciliación, ni futuro

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Publicación de Movimiento Cívico Conciencia Ciudadana-MCC, Fundación Santandereana para el Desarrollo Regional-FUSADER, Grupo de Investigación GIDROT, Escuela Economía UIS, Financiera Comultrasan.

 

editorial

La sociedad civil se levantó con ganas de democracia. Lo hizo hoy, es un presente que sucedió y sigue sucediendo. Primero fueron los jóvenes, a quienes les hurtaron el futuro. A viva voz reaccionaron. La actualidad política colombiana, como pocas veces, tomó a la juventud para verla como cuerpo influyente, ya no más bajo la idea de conformar una masa representativa. Hoy, la mayoría de la sociedad siente en la piel la emoción de encontrar en la verdad un camino de encuentro que nos saque de la actual encrucijada. Se rompió el muro infranqueable del miedo, ese silencio sepulcral en los despachos oficiales, el conformismo obligante mantenido por los dueños del poder. La verdad visibiliza la violencia y la barbarie a la que se sometió a cientos de familias campesinas, indígenas y afros, donde las mujeres y los niños fueron el foco de sus aberraciones mentales. La verdad integra a los habitantes en un pensamiento colectivo capaz de hacer de actores y víctimas lo que suelen ser quienes no han sido tocados por la pólvora e ignoran la ebullición de la sangre propia, los ciudadanos, acercando lo escabroso a un deseo por ver, sentir, comprender y unirnos.

Hoy, la Comisión de la Verdad le cuenta el país hasta dónde llegaron estos seres humanos, cargados del odio que predicó una clase dirigente obsesionada por el poder. Como consecuencia, se suspendió la justificación de que el poder se protege a toda costa. Fraccionado del bien común y particularizado el interés nacional, si se protege, el poder se autoprotege. La sociedad lo entendió. Se pierde el miedo colectivo, y la verdad, junta con la justicia, desacraliza el temor de la clase política de hallar vías para sanar el pasado que sean distintas a la de ocultar lo visible, con sus propios subterfugios, en las huellas criminales talladas con sangre y dolor debajo de los tapetes del poder. La verdad estimula la democracia.

El camino recorrido hacia la búsqueda de la verdad, la reconciliación y la paz, ha sido la tarea de vida del padre Francisco de Roux. En frente de su vocación ha estado la guerra. Una guerra que se degradó, a niveles atroces, sin que la sociedad haya podido asimilar lo que ha significado el dolor y la muerte de hombres, mujeres y niños en unos territorios abandonados por un Estado centralista e indolente. Recuperar la verdad y la narrativa de lo que ha sido la violencia es una de las tareas insignes del padre Francisco. Ese dolor, rotulado en la piel del corazón de las víctimas, al encontrarse con sus victimarios y conocer la verdad, según las víctimas, opera un cambio donde el odio se diluye y se convierte en perdón. Un perdón que genera la posibilidad de un diálogo nacional, para encontrarnos y avanzar en la construcción de una paz efectiva y duradera.

Esta tarea no es exclusiva del padre Francisco. Se complementa con la labor que realiza la Justicia Especial para la Paz, la JEP, que hoy deja al descubierto la verdad de los falsos positivos, la guerrilla y el paramilitarismo. La JEP es un escenario de justicia especial, es decir, enfocado en el rizoma, el trasfondo y la meta de la justicia ante la guerra. Trascender, amnistiar, confesar, escuchar, saber de la guerra. La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición de la Comisión de la Verdad, y la operación de la Justicia Especial para la Paz, han venido cumpliendo su papel. Se han desempeñado a pesar de los continuos ataques del gobierno, que desde el momento mismo de su posesión ha querido “hacer trizas” el Acuerdo de Paz para sostener o aletargar los efectos de la verdad. Mientras la verdad camina, la guerra, funcional o no, sigue operando en el diálogo, la agenda y el conflicto político y gubernamental. Pero sin paz no habrá verdad, ni reconciliación, ni futuro. De allí que para el gobierno entrante sea una tarea fundamental hacer que se cumpla lo convenido en dicho acuerdo.

La no implementación total del Acuerdo ha llevado a que, en los territorios de la Colombia profunda, continúen las masacres, los asesinatos y las desapariciones y crezca en la sociedad la pobreza, la desigualdad y el hambre. Ocupamos los primeros lugares de la desigualdad en América Latina. Medio millón de niños desnutridos, familias que viven con una sola comida y la falta de oportunidades de trabajo y educación, muestran el espectro de una sociedad que se hunde en la desesperanza. La juventud se levanta, pero todavía no se le escucha con seriedad. La respuesta es la represión. La rebeldía deja de ser una acción social, para recrudecerse en una conducta proclive a lo bélico y en un sentimiento interior y colectivo de resentimiento. La sensación de que determinadas políticas hunden el destino es, día a día, más palpable.

La plaza pública se convirtió en un espacio de encuentro con la palabra. Un espacio para escuchar, para poblar la piel de sensibilidad y habitar la interioridad con un mensaje de esperanza. La plaza pública se llena de personas que van porque quieren. Quieren oír la verdad sobre la triste y vergonzosa realidad que hoy vive el pueblo colombiano.

Hoy, cuando estamos a pocos días de las elecciones, esta realidad, que vivimos y que nos ha marcado durante más de veinte años, nos permite privilegiar la verdad para poder ver la falsedad y la mentira de un régimen que ha venido violentando la democracia. Hoy se crea incertidumbre, intentando, a través del miedo, incidir en la fragilidad humana e impedir la acción de tomar su propia decisión en las urnas. El impulso de este conflicto es latente. Se encuentra protagonizado por una sociedad deseosa de la verdad, y preparada para asumirla, que va de frente contra los rezagos, las ataduras, los recelos y las preocupaciones de actores políticos tradicionales, y de otros relativos a la economía de la guerra, quienes se desgastan en su necesidad de paliar los efectos colectivos de la verdad. Hasta el último momento. Hasta la última condena. Para unos es un espíritu colectivo por compartir y superar el dolor, y para otros consiste en llevar al extremo el interés individual del crimen, el silencio. Es un futuro trazado, innegable, solamente pendiente de las formas de resolverse.

Solamente la verdad nos hará libres. Con la verdad y el conocimiento de la realidad social, política y económica, no sólo se hará pedagogía de la libertad, sino que el conocimiento y la reflexión alrededor de esa realidad abrirá caminos de esperanza, caminos con una visión de cambio y de oportunidades para hacer del futuro un sueño vivible. Hoy, la mayoría es plenamente consciente de que en sus manos está la posibilidad de cambiar. Un alma colectiva que vive y siente, en lo más profundo de su ser, una revolución emocional que la convoca, apropiándola de la verdad. La plaza pública se viste de música, colores, diversidad y alegría. Se encuentra con las emociones y escuchan la democracia, viéndola como un propósito colectivo y no solamente como una coyuntura electoral. Escucha cómo se puede avanzar hacia una sociedad que tenga como fundamento la vida y el respeto a la naturaleza. La mayoría de esa Colombia diversa, siente que todo puede cambiar.

Revista ENCUENTROS No.23


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